Ya de niño comencé a pensar que los
años no hacen al hombre más sabio, sino más viejo, y normalmente más gordo y
con menos pelo. Desarrollé aquella teoría tan pronto porque a veces, mientras
jugábamos por el barrio, escuchaba la tertulia callejera de unos ancianos. En ella
destacaba un abuelo que llevaba boina y garrota y fumaba Ideales, que encendía
con un mechero de yesca. Aquel anciano, antes del resurgimiento de los
terraplanistas, era ya algo parecido, un “terrainmovilista”. Era
terrainmovilista porque, según él, cuando iba a su viña siempre la encontraba en el mismo sitio, por
lo que la Tierra no se movía. Que hubiera días y noches no
debía darle muchas pistas o tal vez la pista de que allí los únicos que se movían
eran el sol, la luna, las estrellas, las galaxias… Pero nunca sus cepas.
Viñacentrismo puro. Tampoco creía que el hombre hubiera llegado a la luna,
lo que en parte era comprensible, porque siendo él de Albacete no había llegado
ni a Alicante.
Comencé por entonces a creer que la edad no va
asociada a la sabiduría y sigo pensando así, sobre todo porque llevo
tiempo conviviendo conmigo mismo y lo puedo comprobar cada día.
Últimamente mi
teoría se ha visto reforzada con los comentarios de varios personajes populares,
ya talluditos, acerca del COVID, las mascarillas y el 5G. Miguel
Bosé Papito debe andar por los sesenta y tantos, Enrique Bumbury está
entre dos tierras y los cincuenta y algo y Ouka Lele, que propone
curar el COVID con amor y abrazos, como Jesucristo curaba a los
leprosos, rondará los sesenta años y el ingreso en una institución
psiquiatrica.
Hay a quien le ha chocado que estos
comentarios vengan de gente con cierta fama, pero es porque olvidan que la fama
no hace a nadie más sabio. Sólo más famoso, a veces más lerdo y normalmente con gafas de sol y sombreros más grandes de lo necesario.
Pero,
pese a ser consciente de que
ni fama ni edad ayudan a la salud mental, me descorazona ver que humanos
ya crecidos
clamen contra sesudos planes como el de esos chips que nos van a
implantar
mediante las vacunas para controlarnos. O que defiendan que las
mascarillas causan
falta de riego en el cerebro. Creo que la falta de riego en sus cerebros
era
previa al uso de la mascarilla. Pero a mí también me parece mal lo de
controlarnos por 5G, pero en mi caso porque será un control
discriminatorio. Estoy seguro que esa tecnología tardará años en llegar a
mi pueblo, como tardó la fibra óptica, y nos pasaremos algún lustro
descontrolados del
todo.
Como se ve a los antivacunas y negacionistas no les
falta creatividad en sus teorías, pero sí en sus cánticos. Contrasta que sean
capaces de crear algo tan inventivo como la “plandemia 5G-vacunas” pero sus lemas sean “Illa, Illa, fuera
la mascarilla”, “El amor es la mejor mascarilla” o ““Fuera bozales, no somos
animales”. Todo da un poco de vergüencita ajena, lo que sucede casi siempre que
varios humanos se reúnen para gritar algo. Vergüenza ajena o Fremdscham, palabro que crearon los alemanes por pura necesidad cuando se extendió en su país el uso del peinado "mullet".
Normalmente aquellos que más temen que
les inserten un chip (un “chis” en la provincia de Murcia) son quienes más necesitan
que les inserten algo. Pero no creo que un simple chip sirva. Algunos, como el rector de la Universidad Católica de Murcia, precisarían la inserción un buen procesador
de abundantísimos núcleos. A ese hombre yo no le pondría nada por debajo de un Intel
Core I9, aunque si hubiera algún procesador cuántico en el mercado mejor que
mejor.
Miguel Bosé también necesitaría un
buen “chis”, o tal vez un amigo que le diga algo. Aún así, no comprendo el
enfado y la sorpresa ante lo de Bosé, porque el hombre nos venía diciendo cosas
muy raras desde hace años. Por ejemplo cuando cantó “Como una intrépida libélula /ante el espejo toda incrédula/ pone un reparo a su extrafécula: /¿yo
me la como o no?”.
Visto su estado actual está claro
que se comió algo más que la libélula, aunque no sabemos qué. Hay que decir que
el propio Miguel ya vio venir lo suyo cuando cantaba: “Miénteme y di que no
estoy loco/ Miénteme y di que solo un poco /Quien teme, quien teme di, si yo me
pierdo”.
Yo no temo mucho que se pierda Miguel, pero
tal vez sus millones de seguidores sí, y también los fabricantes de sombras para
los ojos, se llame como se llame el producto que pinta sombras en los ojos. En
fin, no pongamos el grito en el cielo, que es ponerlo muy alto. No deberíamos
estar tan sorprendidos cuando Miguel se pasó años cantando “Te diré/ Que miento cada vez que quiero hablar/ Que no hay nada en el mundo que me dé/ Más vértigo que tú/ Más miedo
que pensar”.
Ahora, tras lo que le ha pasado por sus últimos "pensamientos" sobre el chis, Guaidó y el 5G, se comprenden mejor sus
palabras. Como diría un conspiparanoico,“todo encaja”, y si se examinan las letras de las canciones de Miguel se
encuentra una predicción de su propio futuro, algo así como si él fuera un
Nostradamus de sí mismo, pero en zapatillas de estar por casa. (Bueno, esto no es
así, pero al escribir artículos sobre conspiraciones terminas por crear las tuyas).
Aún así, sabiendo como sé que ni
fama ni edad hacen mejor al ser humano, me pregunto: ¿por qué gente con el bachillerato terminado cree
en teorías locas como las del chip 5G en las vacunas? ¿Por qué ven tras el virus la mano negra
de la CIA, Soros, Bill Gates, Pedro Sánchez, combo tremendo del mal? ¿Por qué
la mano negra es negra? ¿Por qué hay antimascarillas que se llaman a sí mismos
“la resistencia”? Hace
setenta
años la resistencia la formaban grupos de antifascistas franceses que se
jugaban
la vida frente a los nazis. Ahora esta nueva autoproclamada resistencia
es una
mezcla extraña que une a antivacunas, bebedores de lejía, Oukas Leles y
Bumburys de la vida, ultraizquierda y ultraderecha. Y en su
batalla se arriesgan, como mucho, a una multa de un municipal o a que
les cierren el Twitter, grandes dramas de la
vida moderna.
Pues bien, me pregunto el porqué de
estas teorías y hasta me respondo, porque me suelo hacer mucho caso. La humanidad ha inventado el retrete
japonés con chorros de agua caliente, ha creado el polo Drácula y la estación espacial, el robot Roomba, el
pelador de patatas y las autovías. Ha creado un mundo casi siempre ordenado, en
el que los trenes son más o menos
puntuales, suele haber cobertura y te puedes cocinar cualquier cosa en cinco minutos de microondas.
Y
en un mundo así nos cuesta creer que algo tan
aleatorio como el encuentro desafortunado de un pangolín, un murciélago y
un
chino pueda causar tanto mal. Todos queremos vivir en un mundo estable,
sin
grandes sorpresas, sin caos, en el que el azar no tenga mucho peso. Y
por ello hay
quien ha elegido creer que tras lo que ahora vivimos no está la mala
suerte, lo aleatorio, sino fuerzas oscuras de una gran eficacia.
Queremos razones que expliquen la
pandemia y si no las encontramos las inventamos, como siempre hemos
inventado dioses, leyendas y culpables.
Y
lo mismo le pasaba al anciano
viñacentrista de mi barrio. Quería un mundo tranquilo, en el que sus
cepas
estuvieran siempre en el mismo sitio, un mundo que él pudiera
comprender, que
no le asustara. Y decidió ignorar. Porque la ignorancia no es sino una
coraza ante el miedo. El problema es que este virus es inmune a esa
coraza.