jueves, 9 de abril de 2015

Nosotros que ya no somos de los nuestros


Monago se ha encargado un rap en el que se habla bien de Monago. Nada que extrañe en un partido en el que se reúnen los 400 miembros de la junta directiva con el principal fin de  aplaudirse a sí mismos. El autobombo se da cuando no hay bombo exterior, y ya pocos jalean a los 400 de Génova.  Mayo se acerca con sus Termópilas, y su Leónidas particular ha dicho que lo que hay que hacer es no hacer nada y que “no hay que enredarse en cuestiones irrelevantes que le interesan a 25”. Si son 400 contra 25 las cuentas le salen al registrador y si no se las apaña Montoro, el mismo genio de las matemáticas que dice que en España los sueldos han subido.

Rajoy  o su plasma, ya no se sabe, también dijeron el otro día que “este partido nos ha dado mucho”. “A mí  me ha dado muchísimo”, concretó. Lástima que no estuviera Bárcenas para especificar ahí mismo en cuánto está “muchísimo”. El partido le ha dado mucho a Rajoy, pero todavía no un rap como a Monago, y eso que nuestro presidente tiene frases de sobra en su historial para componer un tema mejor que el del extremeño.

Comenzaríamos con lo de que “Después del año 14 viene el año 15, y la gente vive de lo que vive, y el deporte une y no divide. Y si no tomo alguna decisión, oiga, ya estoy tomando una decisión”.  La segunda estrofa ya tal pero podríamos seguir.

En el rap de Monago se dice que es un presidente "valiente, capaz y fuerte". Ya todos vimos cómo manejó el asunto de los billetes de avión a Canarias: con valentía, capacidad y fuerza. Se dicen muchas cosas en el rap del extremeño, pero no que Monago es del P.P. De hecho en todo el vídeo sólo puede verse durante unas décimas de segundo algo chiquito en una esquina que podría ser el logo del partido o igual es que yo ya debería limpiar la pantalla del portátil.

No está de moda lo de los logos del partido. Susana Díaz ni sacó en sus carteles el logo del P.S.A. Tan sólo se leía: “Yo con Susana” . Y aparecía una foto de Susana, lo que podría significar que Susana está consigo misma y con nadie más. Parece que a estos señores sus partidos les sobran y son un lío. Esto dice el rap de Monago: Algunos de los que eran verdes ahora son rojos/ los rojos son azules y a este gobierno el color le importa poco.” No quiero pensar cómo sería una partida de parchís con esta gente.

También dice el rap de Monago que lo que importan son las ideas, no las ideologías, porque por lo visto en Extremadura las ideologías no están formadas por ideas. Viene a ser lo mismo que decir que te gustan las casas pero que no soportas los ladrillos.


Tal vez cualquier día Monago o Susana Díaz repetirán aquello que dijo un día el cantautor Raimon: “yo ya no sé si soy de los míos”. Lo malo es que los suyos tampoco saben ya de quién son. Y los que quieren seguir siendo se temen que llegará mayo y ya nunca más serán.

miércoles, 10 de diciembre de 2014

El no ser del pequeño Nicolás


El pequeño Nicolás no es pequeño, y ni siquiera es Nicolás, sino Fran. Según el pequeño Nicolás él es del C.N.I, pero según el C.N.I. el pequeño Nicolás no es suyo.  ¿De quién es y qué es entonces el pequeño Nicolás?
“Una mente privilegiada, un superdotado” leemos que confiesa en la Wikipedia “una amistad cercana”. La fuente no está identificada pero sabemos que su abuela vive y sospechamos que lo ha tenido que decir ella. Todo español poseyó una mente privilegiada mientras vivió su abuela. Después la vida nos diluye en lo que somos, mentes de andar por casa o por España.
El pequeño Nicolás vive sin vivir en él, se dedica a ser lo que no es y por lo tanto parece lógico que lo hayan acusado de usurpación de identidad. Él es su primera víctima, porque ha usurpado su propia identidad, y se le ha quitado a Fran, un chaval redicho del barrio de la Prospe, para dársela a Nicolás, el charlie del C.N.I con chalet en el Viso y empresario sesteante en el sofás.
La jueza dice que no comprende que el pequeño Nicolás haya engañado a tanta gente con su palabrería. Lo que no se comprende es que una jueza no conozca el país en el que juzga, un país en el que se suele gobernar engañando con palabrería.
El pequeño Nicolás, como buen espía del C.N.I. que no es ha sufrido torturas pero – no podía ser de otra forma – ni sus torturas son torturas. Porque si aceptamos cuatro horas sin ir al baño como tortura, un millón de españoles ha sido torturado con Interstellar y en su tiempo muchos más lo fueron con Ben-Hur y mientras Amnistía Internacional mira hacia otro lado.
El pequeño Nicolás, en su no ser, no es ahijado de Aznar, ni sobrino de Arturo Fernández, ni el hijo que nunca tuvieron el rey y Javier de la Rosa. Probablemente el filipino que le vigilaba su chalet que no era suyo no era filipino, sino una imitación china y por último, tampoco su papada le pertenece sino que se la ha debido usurpar a algún señor de Soria entradito en carnes que cuenta chistes verdes en las cenas.
El pequeño Nicolás será para nuestra generación lo que fue Joselito el niño cantor para la de nuestros padres. Pasarán los años, perderá la gracia si la tuvo, irá a la Isla de los famosos y así seguirá junto a nosotros, siendo lo que no es:  un señor llamado el pequeño Nicolás.

jueves, 5 de mayo de 2011

Es domingo

 Es domingo y las parejas pasean de la mano o piensan en que ya no pasean de la mano y comparten el periódico o se refugian en silencio tras el parapeto que les brinda, hoy mayor porque con el suplemento tienen para más de una hora de no decirse nada sin que parezca raro.

    Es domingo y los niños, que no respetan ni a los domingos, madrugan y gritan y piden leche y se agarran desesperados a sus Nintendo para intentar sobrevivir a las comidas en el restaurante mientras sus padres y sus tíos hablan y tragan y hablan y a veces les dicen que no a esto, que no a aquello, que no a cualquier cosa que a los niños se les ocurra porque llegaremos por la negación, señores, a la excelencia.

    Es domingo y el hastío y la alegría se mezclan en los parques, y acuden a la cabeza los deberes incumplidos, el deporte no practicado, los cuadros que no se colgaron y las llamadas que no se hicieron y lo que es peor, las que no se recibieron. Acuden para que no olvidemos que el lunes no acabará con todo aquello sino que lo hará más fuerte y regresará otro domingo en el que nos sentiremos aún más culpables.

    Es domingo y los solitarios huyen avergonzados de los cines y se consuelan al ver a otros como ellos pero apenas se miran y nunca se dicen nada porque esas cosas no, no las hacen los solitarios y siguen sus inextricables senderos que sólo es posible encontrar si caminas con la cabeza gacha.

    Es domingo y en las estaciones de trenes y autobuses se produce un incremento notable de despedidas y encuentros y abrazos y llantos y prisas y la gente desaparece despacio en escaleras mecánicas, tan despacio que da tiempo a sentir una pena inmensa o un inmenso alivio.

   Es domingo y a algunos les gusta sentirse tristes y sentirse víctimas aunque a veces sean víctima y culpable.

   Es domingo y el tiempo se alarga como un chicle rancio que no se escupe porque lo que sigue se llama lunes y puede ser más amargo.

  Es domingo y los parados, que se sentían camuflados entre los que trabajan y podían pasear sin vergüenza por las calles, saben que el lunes hará de nuevo demasiado evidente su desesperanza.

   Es domingo y los cuñados se soportan como pueden y la suegra aguanta o la aguantan y los desplantes crecen en la tierra fecunda que es la memoria de los agravios familiares, y perdón por la frase.

  Es domingo y el cura, que preparó un buen sermón, mira desconsolado a las cuatro abuelillas que no van a entender nada más allá de nada y de lo que la batería de sus audífonos les permita y el mendigo de la puerta ensaya caras de dar pena para su momento estelar, cuando acabe la misa y todo el jornal se decida en un instante.

   Sí, es domingo. El día grande de las tiendas de golosinas, de los chaperos de Sol, de los patos del Retiro y de las palomas sucias de las plazas, de las farmacias de guardia, de las visitas fugaces a las residencias de ancianos, de los voluntarios del teléfono de la esperanza y de la desesperanza, de los pederastas que acechan en los parques, del sofá, manta y polvo perezoso, de los padres que han comprado un test de drogas, de los ecuatorianos que se doblan a cervezas de lata por las calles, de los que ya no se quieren, de los que se quieren demasiado si es que eso es posible, de los que rellenan atestados de tráfico, de las webs de contactos, de carrusel deportivo y todos esos programas donde unos cuantos imbéciles hacen chistes malos, muy malos y cantan y gritan como si las palabras, sus palabras, mis palabras, pudieran esconder el vacío, pudieran ocultar que la vida es domingo.

    Pd: la verdad es que es jueves… Me gustan los jueves.

viernes, 22 de septiembre de 2006

El perro trepatejados

     

 
El perro trepatejados es un fenómeno que se da en los pueblos, como el tonto perpetuo en la plaza, las señoras con bolsas de plástico en la cabeza al mínimo atisbo de lluvia o el supuesto amigo que cada vez que vas te pregunta “¿ya estás aquí? (hecho obvio) y al momento “¿cuándo te vas?”

    En mi pueblo tengo localizados ahora mismo tres perros trepatejados y uno de ellos pachón, lo que es más curioso, dada la torpeza de esta raza. Un amigo tuvo un pachón al que le daban pánico las escaleras, no comprendía esa posibilidad de ascenso y sólo consiguieron que las subiera en brazos. O sea, que no lo consiguieron.

    Los pobres perros trepatejados suelen pasar mucho tiempo recluidos en corrales con fácil acceso al tejado (unas alpacas, unos capazos apilados en las terrazas) y aburridos y tal vez envidiosos de los gatos, terminan por arriesgarse a la aventura.

    Esto no pasaría si en los pueblos tuviéramos esa costumbre urbana de sacar a pasear a los perros, acción considerada por allí hasta hace poco cosa de gente fina, indolente y de forasteros. Los perros se sacaban a pasear a sí mismos si es que podían. Mi perra, salvo cuando estaba en celo, abría la puerta de la calle poniéndose a dos patas y no regresaba hasta que le llegaba el hambre o el aburrimiento. A veces me la cruzaba trotando por el pueblo junto a otros tres o cuatro perros sin que pareciera que tuvieran algún destino concreto, como mis amigos y yo, que sufríamos el mismo problema pero sin trote. En esas circunstancias, cuando iba en compañía, mi perra me ignoraba, como si le diera vergüenza saludar.

    Cuando mi perra estaba en celo mi madre la ataba en el corral, lo que no impedía que la mitad de los perros del pueblo vinieran a mearse en la puerta de la casa. Mi madre combatía el olor de esas meadas con lejía y el mítico zotal. Y una botella de fanta de dos litros llena de agua en la puerta. Se lo había dicho una vecina. Los perros se meaban también en la botella.

    La sencilla botella de agua se ha considerado un gran remedio para varios problemas. A veces las he visto colgando de los almendros. Pero no sé para qué.

    Luego está su variante, la bolsa de agua. Un verano, en el bar de la piscina municipal, tenían un buen número de bolsas de agua colgando del techado. Le pregunté a uno de los camareros para qué servían.

    -Hombre, eso es para espantar a las moscas.
    -¿Por qué? ¿Llevan algún líquido que las espante?
    -No, hombre, eso es porque ellas se acercan a la bolsa y claro, se ven feas en el reflejo y se espantan. Mírate, hombre, mírate. Ya verás como te ves feo.
    -No gracias, no hace falta.

    Y fue entonces cuando aprendí la vertiente esteticista de las moscas, que además será el título de mi próxima novela.

    Pero hay que reconocer que a las bolsas de agua no se acercaban las moscas. Lo malo era que a los platos de caracoles sí y la verdad, bolsas de aguas pedíamos pocas pero platos de caracoles unos cuantos.

    En fin, que no termino de imaginarme lo que sentirá un gato que cuando sestea en su tejado se encuentra con uno de estos curiosos perros trepatejados.

sábado, 17 de junio de 2006

Ser de Albacete en Madrid

 Ser albaceteño en Madrid es ser un emigrante que no da ni pena, porque a la que te quejas siempre hay un gallego o un canario que te recuerda que vives al lado. Somos emigrantes como de opereta porque un emigrante que puede tomarse el desayuno en su casa del pueblo y comer en el trabajo, y todo ello sin coger un avión, es siempre desdeñado por la emigración más lejana.


Así nos ven en Madrid y así también en Albacete cuando nos vamos. Ya ni la familia se espera a ver marchar el tren. Te dejan en la puerta de la estación y como con prisa te plantan dos besos o ni eso. Y si regresas a tu tierra antes de que pasen dos meses no faltará quien te espete, desde una desconfianza absoluta en la traslación de los cuerpos y en los billetes de ida y vuelta:
-¿Pero ya estás aquí? ¿No te habías ido?
Y entonces te encoges de hombros y dices:
-Ea.

Ser albaceteño en Madrid supone aguantar que todo aquel que conoce a un paisano tuyo te pregunte por el.
-Así que eres de Albacete. Entonces conocerás a Antonio.
-¿De dónde es, de la capital o de pueblo?
-No sé, de Albacete en general.
-Ya... Es que tenemos pueblos... Yo mismo soy de pueblo. Allí para bien o para mal nos conocemos todos, pero a los de la capital no los conozco a todos. De hecho dudo que se conozcan todos entre sí. Hay más de ciento cincuenta mil.
-No sabía que erais tantos- te dicen con preocupación, como si pensaran en nosotros como una plaga.
-Ea- contestas.

El interlocutor no descansa, tal vez por esa pasión humana de buscar puntos en común que alarguen las conversaciones. Y vuelve a atacar.

-Ya... Pero a Constantino Romero sí que lo conocerás, ¿no?
-De verlo por la tele. Además, creo que vive en Barcelona.
-Ya... ¿Y a Pedro Piqueras?
-Bueno, conocerlo... Un día lo vi en Madrid.
-¿Y le dijiste algo?
-¿Por qué le iba a decir nada?
-Como los dos sois de Albacete.
-Ya. Pero no por ello no nos saludamos todos. Y más cuando no nos conocemos.
-¿Estás seguro que eres de Albacete?
-Sí...
-Pero a los que sí que tienes que conocer es a los de la Hora Chanante.
-Pues me gustaría, pero sólo los he visto por internet.
-Qué raros sois los de Albacete.
-No. Los de la Hora Chanante sí que son raros. Luego hay de todo.

Pero puedes comprender que nos vean algo raros. ¿Qué se puede pensar de una provincia si lo poco que se conoce de ella es una vieja estación de autobuses, el tópico de las navajas, una copla rijosa sobre ancianos y unos dulces que se llaman “Miguelitos de la Roda” pero que fueron inventados no por ningún Miguel, sino por un tal Manuel y son comprados por los madrileños en una estación de servicio al lado de la Gineta? De esa combinación de lugares y tópicos no puede salir una percepción normal de Albacete.

-Yo de Albacete sólo conozco la estación de autobuses. Qué fea es- te dicen ofendidos, como si tu padre fuera el arquitecto y tú el aparejador.
-Hombre, pues mira, yo a la estación de autobuses también la conozco, ya ves. Ahora no es tan fea. La han remozado. Buen, no del todo. A los señores que están siempre rondando los aseos y te quieren ver el miembro no los han remozado pero todo se andará.
-La estación de trenes también es fea, ¿no?
-Mayormente. Pero la van a cambiar cuando pase el AVE.
-¿Pero va a pasar el AVE por Albacete? – te preguntan con asombro.
-Eso nos han dicho.
-¿Y parará?
-Esperamos. Albacete es llano pero aún así sigue resultando peligroso lanzarse en marcha de un AVE.
-Claro, claro.

Aunque en España se vendan pocos libros de poesía ser de Albacete supone estar expuesto a que la mitad de la población nacional te recuerde los versos aquellos del amor senil itinerante de dos ancianos. Y quienes no los recuerdan bien aún se atreven a pedir tu ayuda.
-¿Cómo terminaba eso del viejo y la vieja?
¿Y entonces que haces? ¿Les ayudas? ¿Les dices que no lo sabes? ¿O que terminaba en consonante?

-Pues no lo sé.
-¿No lo sabes? Yo pensaba que en Albacete os lo sabíais todos
-Pues no.
-¿No?
-No, ea.
-¿Y eso de “ea” qué quiere decir?
-Pues es difícil de definir: un poco de todo y nada de nada.
-No lo entiendo.
-Ea.
Y te vas. Y ahí se quedan.