jueves, 9 de abril de 2015
Nosotros que ya no somos de los nuestros
miércoles, 10 de diciembre de 2014
El no ser del pequeño Nicolás
jueves, 5 de mayo de 2011
Es domingo
Es domingo y las parejas pasean de la mano o piensan en que ya no pasean de la mano y comparten el periódico o se refugian en silencio tras el parapeto que les brinda, hoy mayor porque con el suplemento tienen para más de una hora de no decirse nada sin que parezca raro.
Es domingo y los niños, que no respetan ni a los domingos, madrugan y gritan y piden leche y se agarran desesperados a sus Nintendo para intentar sobrevivir a las comidas en el restaurante mientras sus padres y sus tíos hablan y tragan y hablan y a veces les dicen que no a esto, que no a aquello, que no a cualquier cosa que a los niños se les ocurra porque llegaremos por la negación, señores, a la excelencia.
Es domingo y el hastío y la alegría se mezclan en los parques, y acuden a la cabeza los deberes incumplidos, el deporte no practicado, los cuadros que no se colgaron y las llamadas que no se hicieron y lo que es peor, las que no se recibieron. Acuden para que no olvidemos que el lunes no acabará con todo aquello sino que lo hará más fuerte y regresará otro domingo en el que nos sentiremos aún más culpables.
Es domingo y los solitarios huyen avergonzados de los cines y se consuelan al ver a otros como ellos pero apenas se miran y nunca se dicen nada porque esas cosas no, no las hacen los solitarios y siguen sus inextricables senderos que sólo es posible encontrar si caminas con la cabeza gacha.
Es domingo y en las estaciones de trenes y autobuses se produce un incremento notable de despedidas y encuentros y abrazos y llantos y prisas y la gente desaparece despacio en escaleras mecánicas, tan despacio que da tiempo a sentir una pena inmensa o un inmenso alivio.
Es domingo y a algunos les gusta sentirse tristes y sentirse víctimas aunque a veces sean víctima y culpable.
Es domingo y el tiempo se alarga como un chicle rancio que no se escupe porque lo que sigue se llama lunes y puede ser más amargo.
Es domingo y los parados, que se sentían camuflados entre los que trabajan y podían pasear sin vergüenza por las calles, saben que el lunes hará de nuevo demasiado evidente su desesperanza.
Es domingo y los cuñados se soportan como pueden y la suegra aguanta o la aguantan y los desplantes crecen en la tierra fecunda que es la memoria de los agravios familiares, y perdón por la frase.
Es domingo y el cura, que preparó un buen sermón, mira desconsolado a las cuatro abuelillas que no van a entender nada más allá de nada y de lo que la batería de sus audífonos les permita y el mendigo de la puerta ensaya caras de dar pena para su momento estelar, cuando acabe la misa y todo el jornal se decida en un instante.
Sí, es domingo. El día grande de las tiendas de golosinas, de los chaperos de Sol, de los patos del Retiro y de las palomas sucias de las plazas, de las farmacias de guardia, de las visitas fugaces a las residencias de ancianos, de los voluntarios del teléfono de la esperanza y de la desesperanza, de los pederastas que acechan en los parques, del sofá, manta y polvo perezoso, de los padres que han comprado un test de drogas, de los ecuatorianos que se doblan a cervezas de lata por las calles, de los que ya no se quieren, de los que se quieren demasiado si es que eso es posible, de los que rellenan atestados de tráfico, de las webs de contactos, de carrusel deportivo y todos esos programas donde unos cuantos imbéciles hacen chistes malos, muy malos y cantan y gritan como si las palabras, sus palabras, mis palabras, pudieran esconder el vacío, pudieran ocultar que la vida es domingo.
Pd: la verdad es que es jueves… Me gustan los jueves.
viernes, 22 de septiembre de 2006
El perro trepatejados
Los pobres perros trepatejados suelen pasar mucho tiempo recluidos en corrales con fácil acceso al tejado (unas alpacas, unos capazos apilados en las terrazas) y aburridos y tal vez envidiosos de los gatos, terminan por arriesgarse a la aventura.
Esto no pasaría si en los pueblos tuviéramos esa costumbre urbana de sacar a pasear a los perros, acción considerada por allí hasta hace poco cosa de gente fina, indolente y de forasteros. Los perros se sacaban a pasear a sí mismos si es que podían. Mi perra, salvo cuando estaba en celo, abría la puerta de la calle poniéndose a dos patas y no regresaba hasta que le llegaba el hambre o el aburrimiento. A veces me la cruzaba trotando por el pueblo junto a otros tres o cuatro perros sin que pareciera que tuvieran algún destino concreto, como mis amigos y yo, que sufríamos el mismo problema pero sin trote. En esas circunstancias, cuando iba en compañía, mi perra me ignoraba, como si le diera vergüenza saludar.
Cuando mi perra estaba en celo mi madre la ataba en el corral, lo que no impedía que la mitad de los perros del pueblo vinieran a mearse en la puerta de la casa. Mi madre combatía el olor de esas meadas con lejía y el mítico zotal. Y una botella de fanta de dos litros llena de agua en la puerta. Se lo había dicho una vecina. Los perros se meaban también en la botella.
La sencilla botella de agua se ha considerado un gran remedio para varios problemas. A veces las he visto colgando de los almendros. Pero no sé para qué.
Luego está su variante, la bolsa de agua. Un verano, en el bar de la piscina municipal, tenían un buen número de bolsas de agua colgando del techado. Le pregunté a uno de los camareros para qué servían.
-Hombre, eso es para espantar a las moscas.
-¿Por qué? ¿Llevan algún líquido que las espante?
-No, hombre, eso es porque ellas se acercan a la bolsa y claro, se ven feas en el reflejo y se espantan. Mírate, hombre, mírate. Ya verás como te ves feo.
-No gracias, no hace falta.
Y fue entonces cuando aprendí la vertiente esteticista de las moscas, que además será el título de mi próxima novela.
Pero hay que reconocer que a las bolsas de agua no se acercaban las moscas. Lo malo era que a los platos de caracoles sí y la verdad, bolsas de aguas pedíamos pocas pero platos de caracoles unos cuantos.
En fin, que no termino de imaginarme lo que sentirá un gato que cuando sestea en su tejado se encuentra con uno de estos curiosos perros trepatejados.
sábado, 17 de junio de 2006
Ser de Albacete en Madrid
Ser albaceteño en Madrid es ser un emigrante que no da ni pena, porque a
la que te quejas siempre hay un gallego o un canario que te recuerda
que vives al lado. Somos emigrantes como de opereta porque un emigrante
que puede tomarse el desayuno en su casa del pueblo y comer en el
trabajo, y todo ello sin coger un avión, es siempre desdeñado por la
emigración más lejana.
Así nos ven en Madrid y así también en Albacete cuando nos vamos. Ya ni la familia se espera a ver marchar el tren. Te dejan en la puerta de la estación y como con prisa te plantan dos besos o ni eso. Y si regresas a tu tierra antes de que pasen dos meses no faltará quien te espete, desde una desconfianza absoluta en la traslación de los cuerpos y en los billetes de ida y vuelta:
-¿Pero ya estás aquí? ¿No te habías ido?
Y entonces te encoges de hombros y dices:
-Ea.
Ser albaceteño en Madrid supone aguantar que todo aquel que conoce a un paisano tuyo te pregunte por el.
-Así que eres de Albacete. Entonces conocerás a Antonio.
-¿De dónde es, de la capital o de pueblo?
-No sé, de Albacete en general.
-Ya... Es que tenemos pueblos... Yo mismo soy de pueblo. Allí para bien o para mal nos conocemos todos, pero a los de la capital no los conozco a todos. De hecho dudo que se conozcan todos entre sí. Hay más de ciento cincuenta mil.
-No sabía que erais tantos- te dicen con preocupación, como si pensaran en nosotros como una plaga.
-Ea- contestas.
El interlocutor no descansa, tal vez por esa pasión humana de buscar puntos en común que alarguen las conversaciones. Y vuelve a atacar.
-Ya... Pero a Constantino Romero sí que lo conocerás, ¿no?
-De verlo por la tele. Además, creo que vive en Barcelona.
-Ya... ¿Y a Pedro Piqueras?
-Bueno, conocerlo... Un día lo vi en Madrid.
-¿Y le dijiste algo?
-¿Por qué le iba a decir nada?
-Como los dos sois de Albacete.
-Ya. Pero no por ello no nos saludamos todos. Y más cuando no nos conocemos.
-¿Estás seguro que eres de Albacete?
-Sí...
-Pero a los que sí que tienes que conocer es a los de la Hora Chanante.
-Pues me gustaría, pero sólo los he visto por internet.
-Qué raros sois los de Albacete.
-No. Los de la Hora Chanante sí que son raros. Luego hay de todo.
Pero puedes comprender que nos vean algo raros. ¿Qué se puede pensar de una provincia si lo poco que se conoce de ella es una vieja estación de autobuses, el tópico de las navajas, una copla rijosa sobre ancianos y unos dulces que se llaman “Miguelitos de la Roda” pero que fueron inventados no por ningún Miguel, sino por un tal Manuel y son comprados por los madrileños en una estación de servicio al lado de la Gineta? De esa combinación de lugares y tópicos no puede salir una percepción normal de Albacete.
-Yo de Albacete sólo conozco la estación de autobuses. Qué fea es- te dicen ofendidos, como si tu padre fuera el arquitecto y tú el aparejador.
-Hombre, pues mira, yo a la estación de autobuses también la conozco, ya ves. Ahora no es tan fea. La han remozado. Buen, no del todo. A los señores que están siempre rondando los aseos y te quieren ver el miembro no los han remozado pero todo se andará.
-La estación de trenes también es fea, ¿no?
-Mayormente. Pero la van a cambiar cuando pase el AVE.
-¿Pero va a pasar el AVE por Albacete? – te preguntan con asombro.
-Eso nos han dicho.
-¿Y parará?
-Esperamos. Albacete es llano pero aún así sigue resultando peligroso lanzarse en marcha de un AVE.
-Claro, claro.
Aunque en España se vendan pocos libros de poesía ser de Albacete supone estar expuesto a que la mitad de la población nacional te recuerde los versos aquellos del amor senil itinerante de dos ancianos. Y quienes no los recuerdan bien aún se atreven a pedir tu ayuda.
-¿Cómo terminaba eso del viejo y la vieja?
¿Y entonces que haces? ¿Les ayudas? ¿Les dices que no lo sabes? ¿O que terminaba en consonante?
-Pues no lo sé.
-¿No lo sabes? Yo pensaba que en Albacete os lo sabíais todos
-Pues no.
-¿No?
-No, ea.
-¿Y eso de “ea” qué quiere decir?
-Pues es difícil de definir: un poco de todo y nada de nada.
-No lo entiendo.
-Ea.
Y te vas. Y ahí se quedan.



